miércoles, 17 de septiembre de 2008

a las ocho y diez

el partido estaba apunto de acabar y había sido un día normal de un mes normal.
la mesa se llenaba de porquerías, bolsas vacías, manchas de comida china, pequeños papeles difíciles de recoger. me había quedado solo en aquella casa, y me vinieron a la cabeza los momentos en que empezamos a creernos el uno al otro. escogimos aquél lugar porque tenía vistas grandiosas y una pared de ladrillo que recordaba a mi casa de la infancia. el salón era amplio y la cocina daba a un patio interior donde las vecinas regaban sus geranios. la cama era demasiado grande para una sola persona, hacía mucho frío bajo las mantas.

la última conversación que tuvimos no fue muy amigable, discutimos como siempre pero con un tono de solemnidad y despedida que me supo a un interminable final que nunca acaba de llegar. la hostilidad ha sido muy protagonista en nuestros últimos encuentros, y siempre acabamos por odiarnos durante unos días.
llamó un poco tarde, y estaba ya medio dormido, cuando me despiertan así no puedo decir nada que suene bien.
¿cómo estás?-
dormido y jodido, ¿por qué?.-
por nada, necesitaba saber como estás, hace mucho que no se de ti.-
no necesitas nada de eso, y yo tampoco.-
en serio, dime que tal estás...-
no te importa una mierda, ni a ti ni a nadie. a nadie le debe importar como estoy, así está todo bien. ahora cuelga, déjame dormir y no vuelvas a llamar.-
puedo ser muy pesada.-
y muchas otras cosas.-
joder, tu antes no eras así.-
nunca me has mirado a los ojos, nunca has sabido cómo soy.-

apagué el teléfono. ya era suficiente. mi equipo perdió y en la mesa se acumulan las penas.

1 comentarios:

Chafandika dijo...

Joder qué bueno y qué mal despertar, desde luego.